Jajajaja -se reia Julián- éste ya no aguanta más...
Eran las doce del mediodía de un día cualquiera de 1982. La ciudad, ya lejos, solo dejaba oir un leve murmullo interrumpido a veces por el ruido de los automóviles que pasaban por la carretera, a un centenar de metros del lugar. Julián, con una botella de cerveza en mano, solamente se dedicaba a dar órdenes a los otros tres uniformados, subalternos suyos, y de vez en cuando una que otra broma en tono depectivo al torturado.
-¡Y no que tan gallo pues! ¡Aqui te encontraste con tus meros tatas!
-Jefe -se acercó uno de los de azul- ya va siendo hora que terminemos, acuérdese que se nos fregó el carro y tenemos que salir a la carretera a que busquemos como regresamos la patrulla.
-Vos dejate de babosadas que yo voy a ir, seguí con lo que estás haciendo -contestó Julián- y cuidadito con no hacer bien el trabajo cerotes.
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El silencio se mantenía en ese momento en el carro, las bromas que se hacian entre sí hace un par de horas habian desaparecido por completo debido a la preocupación. Ellos sabian más que nadie que ese lugar era peligroso, por lo que iban con mucho cuidado, atentos a lo que pasara a su alrededor. En eso surgió de entre unos matorrales, casi de la nada, una figura humana.
-Mirá vos... ¿será aquel?
-No, tené cuidado
-No tiene uniforme...
El conductor del auto, sin decir palabra alguna, se detuvo unos metros adelante del personaje de a pie, que además de parecer bastante cansado les hacía señas con el dedo pulgar en alto, moviendo la mano de arriba a abajo, clara señal de que necesitaba que lo llevaran a algún sitio.
-¡Buenas! Viera que se me pincho la llanta y no tengo de repuesto, ¿me llevarían a la ciudad a traer una?
Cruzaron miradas por un instante, lo examinaron minuciosamente por un par de segundos, y tras evaluar que no presentaba ninguna amenaza aparente, aceptaron llevarlo a la ciudad, que estaba a menos de 5 kilometros de donde se encontraban.
-¿Y qué, mucho calor no?
-Si viera, y por donde nos quedamos, ni un árbol para hacer sombra.
Poco a poco el ambiente se fue suavizando, el nuevo pasajero era bastante conversador. Bastaron unos minutos para que se desarrolla una plática amena, llena de bromas, chistes y más. La ciudad se dejaba ver a lo lejos, quizás una media hora y todos habrían llegado a su destino sanos y salvos. Pero de pronto y sin que el nuevo pasajero se diera cuenta, la tensión se apoderó de nuevo del lugar. Entre plática y plática, el nuevo les había contado su profesión... era policía.
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¡Bueno! -dijo Julián, entre broma y en serio- después de tres horas de arduo trabajo, te vamos a dejar descansar cerote. Gracias por todo, no tengas la menor duda que vamos a usar la información que nos diste como corresponde -alargó la mano para darle una cerveza- tené, no está fría pero es lo mejor que tenemos.
Al ver que no la recibía, la estrelló a escasos centímetros de la cara de Esteban, que ni se movió de lo cansado que estaba tras cuatro largas horas de golpes. La fuerza no le alcanzó para nada más que hacerle una mueca de desprecio a Julián, que se alejaba entre los matorrales hacia la carretera.
-Terminen pues, voy a ver quien nos jala, como les prometí.
Cinco minutos después Julián escuchó un disparo a poca distancia y se imaginó como los sesos de Esteban estarían desparramandose en ese preciso instante, sobre el monte, en las afueras de la ciudad, a pocos metros de donde él estaba.
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En el interior del automóvil, Julián seguía platicando animadamente, el alcohol lo hacía sentirse bastante alegre a pesar del calor que, según el, habia bajado el ánimo de sus acompañantes. Con el afán de que volviese la plática tan animada de hace algunos momentos, decidió contarles algo que los animara a hablar sobre el tema más candente de la época. La comidilla de toda reunión social que, sin duda, les despertaría de nuevo el interés.
-Como les decía, el chance de policía es bien grueso, asi en confianza, un ratito antes de que me dieran jalón, estabamos haciendo un trabajito ahí metidos en el monte...
Conciencudamente y animado por las cervezas que se habia tomado a mediodía, les refirió con lujo de detalles la tortura y ejecución de un guerrillero -Esteban se llamaba, creo -que, según información confidencial, había participado en los recientes ataques a sitios estatales, principalmente del ejército y la policia, realizados pocos dias antes.
Derrepente el conductor paro bruscamente, los tres se bajaron del carro, Julián solo sintió que lo jalaban. Cuando se dió cuenta tenía frente a él a uno de sus acompañantes, un muchacho como de 25 años que sostenía un arma, apuntándole directamente a la cabeza.
Ese muchacho era el hermano de Esteban.
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-El jefe ya no vino -comentó Julio-saber si se quedo chupando...
Eran las seis de la tarde de un día cualquiera de 1982. La ciudad, ya lejos, empezaba a iluminar la noche con sus pequeñas estrellas artificiales colocadas en cada esquina. La carretera, a un centenar de metros, se encontraba como muerta, transitada únicamente por pequeños animales y bichos de monte. En un pequeño camino de terracería se encontraban tres personas adentro de una patrulla, con el radio encendido y las ventanas arriba por los zancudos -si no estuviera la radio encendida, tal vez habrían escuchado a lo lejos un disparo, hace unas horas- esperando a que llegara el jefe.
-Con lo que es de bolo no sería raro.
-Bueno, si no viene en 15 minutos, nos vamos a la mierda muchá.
En ese momento vieron a poca distancia luces de linterna, tres personas se abrian paso a travéz del monte hacia la patrulla.
-¡Al fin! ¿Que putas jefe? ¡Si quiere venía mañana!
Pero el jefe no contestó. La alegría se va transformando poco a poco en incertidumbre, y al ver a tres desconocidos, apuntandoles fusiles en mano, se transformó en estupor. Sus armas están lejos, no hay tiempo ya de defenderse.
En la sombra solo se ven rostros llenos de ira, personas con deseo de desquite, manos dispuestas a vengar la sangre derramada de un amigo.